Norte y sur
Norte y sur Siguió paseando inquieto en silencio, aunque de vez en cuando daba un suspiro profundo, como si intentara desechar algún otro pensamiento preocupante. Fanny hizo a su madre numerosas preguntas que no tenían nada que ver con el tema que ocupaba su atención, como habría advertido una persona más prudente. No lamentó que llegaran los sirvientes a las diez para las oraciones. Siempre las dirigía su madre, que leía primero un capítulo. Ahora recorrían laboriosamente el Antiguo Testamento. Cuando acabaron las oraciones y su madre le dio las buenas noches con aquella mirada suya larga y fija, que no transmitía la ternura que abrigaba en su corazón pero que aun así tenía la intensidad de una bendición, el señor Thornton reanudó su paseo. Todos sus planes mercantiles habían sufrido un revés por la inminencia de la huelga, una parada súbita. La previsión, fruto de muchas horas de ansiedad, ya no servía de nada, se había ido al traste por el capricho insensato de los obreros, que se perjudicarían a sí mismos más que a él, aunque nadie pudiese poner coto a los daños que estaban causando. ¡Y aquellos hombres se consideraban capacitados para enseñar a los patronos a disponer de su capital! Hamper había dicho aquel mismo día que si se arruinaba por la huelga, empezaría de nuevo, consolándose con la idea de que quienes lo habían provocado todo se verían en una situación más difícil que él, ya que él tenía cabeza además de manos, mientras que ellos sólo tenían manos; y que si destruían su mercado, no podrían seguir en él ni recurrir a otra cosa. Pero eso no consolaba a Thornton. Tal vez la venganza no le proporcionara ningún placer; o tal vez valorara tanto la posición que había conseguido con el sudor de su frente que lamentaba profundamente verla en peligro por la ignorancia o la locura de otros, tan profundamente que no podía pensar cuáles serían las consecuencias de su comportamiento para ellos mismos. Caminaba de un lado a otro de la habitación, apretando los dientes de vez en cuando. Al final dieron las dos. Las velas titilaban en sus arandelas. Encendió la suya y masculló para sí: