Norte y sur

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La señora Hale se interesó y se entretuvo curiosamente con la idea de la cena que iban a dar los Thornton. No dejaba de pensar en los detalles con cierta ingenuidad infantil, como el niño que desea que le describan de antemano los placeres que espera. Pero la vida monótona que llevan los enfermos los hace como niños, ya que ni unos ni otros tienen sentido de la medida de los acontecimientos y al parecer creen que las paredes y cortinas que separan su mundo cerrado del mundo exterior han de ser por fuerza más grandes que todo lo que queda más allá. Además, la señora Hale había tenido sus vanidades de niña; quizá se hubiera sentido excesivamente mortificada al convertirse en la esposa de un clérigo pobre; tal vez esas vanidades se hallasen sofocadas y contenidas pero no se hubieran extinguido. Disfrutaba con la idea de ver a Margaret vestida para una fiesta y hablaba de lo que debía ponerse con una preocupación exagerada que divertía a su hija, más habituada a los actos sociales en un solo año en Harley Street que su madre en veinticinco años en Helstone.

—Así que piensas llevar el de seda blanca. ¿Seguro que te quedará bien? ¡Hace casi un año que se casó Edith!

—¡Sí, mamá! Lo hizo la señora Murray y seguro que está bien. Tal vez un poco estrecho o ancho de cintura si he engordado o adelgazado. Pero creo que estoy exactamente igual.


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