Norte y sur
Norte y sur Él no prestó la menor atención a sus palabras. Se concentró en alisar el pelo del sombrero con la manga del abrigo durante medio minuto o así. Y luego, rechazando la mano que le ofrecía ella y haciendo como que no veía su seria expresión de pesar, se volvió bruscamente y salió de la habitación. Margaret captó su expresión antes de que se fuera.
Le pareció haber visto el brillo de lágrimas contenidas en sus ojos al marcharse; y eso convirtió su orgullosa aversión en algo diferente y más amable, aunque casi igualmente penoso: el remordimiento por haber causado tanta mortificación a alguien.
«Pero ¿cómo podía haberlo evitado? —se pregunto—. Nunca me ha gustado. Siempre he sido educada; pero no me he molestado en disimular mi indiferencia. En realidad, nunca he pensado en él y en mí misma, por lo que mi actitud tenía que haber demostrado la verdad. Si ha interpretado mal todo lo de ayer es culpa suya y no mía. Yo volvería a hacerlo si fuese necesario, aunque me cause todas estas complicaciones y esta vergüenza».