Norte y sur

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El señor Thornton analizó recta y claramente los asuntos del día siguiente. Había una ligera demanda de artículos terminados; y como afectaba a su rama de la industria, la aprovechó y negoció bien. Asistió puntualmente a la reunión de sus colegas magistrados, procurándoles toda la ayuda de su sólido juicio y su capacidad de ver las consecuencias con un vistazo y llegar a una decisión rápida. Hombres de más edad, hombres de la ciudad de toda la vida, hombres mucho más ricos (que se habían dado cuenta de las cosas y habían invertido en tierras, mientras que el suyo era todo capital flotante, comprometido en su negocio) recurrían a él en busca de un juicio rápido y certero. Fue el encargado de tratar con la policía para que se diesen los pasos adecuados. Prestaba tanta atención a esa deferencia instintiva como al ligero viento del oeste que apenas alteraba el curso del humo de las altas y enormes chimeneas hacia el cielo. No advertía el mudo respeto que le manifestaban. Si hubiese sido de otro modo, lo hubiera considerado un obstáculo en la consecución del objetivo que perseguía. Pero, dadas las circunstancias, sólo se preocupaba de lograr ese objetivo. Eran los aguzados oídos de su madre los que captaban los comentarios de las esposas de aquellos magistrados y hombres acaudalados sobre la excelente opinión que el señor Tal o el señor Cual tenía del señor Thornton; que, de no haber sido por él, las cosas habrían ido de otro modo: es decir, pésimamente. Solucionó bien sus asuntos y dio por terminada la jornada. Parecía que su honda mortificación del día anterior y el curso confuso y sin rumbo de las horas posteriores le hubieran despejado todas las brumas mentales. Sentía su fuerza y disfrutaba con ello. Casi podía desafiar a su corazón. Podría haber cantado la canción del molinero que vivía a la orilla del río Dee si la hubiera sabido:


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