Norte y sur
Norte y sur ¡Oh, Margaret, merece la pena un viaje desde Inglaterra para ver a mi chico! Es un muchachito espléndido, sobre todo con sus gorros, y más todavÃa con el que le enviaste tú, perseverante señorita de primorosos dedos. Ya he dado envidia aquà a todas las madres, asà que quiero enseñárselo a alguien nuevo y escuchar una nueva serie de expresiones admirativas; tal vez sea ésa la razón; tal vez no; no, tal vez haya un poco de amor de prima mezclado con todo; pero lo cierto es que tengo muchÃsimas ganas de que vengas, Margaret. Estoy segura de que serÃa estupendo para la salud de tÃa Hale. Aquà todo el mundo es joven y saludable, nuestro cielo siempre es azul y nuestro sol siempre brilla, y la banda toca maravillosamente de la mañana a la noche; y, volviendo al estribillo de mi cancioncilla, mi niño sonrÃe siempre. Estoy deseando que me des tu opinión, Margaret. Haga lo que haga es lo más precioso, gracioso, maravilloso. Creo que le quiero muchÃsimo más que a mi marido, que se está volviendo corpulento y gruñón, aunque él lo llama «estar ocupado». ¡No! No es verdad. Acaba de llegar con la noticia de un picnic encantador que dan los oficiales del Hazard, que está anclado abajo en la bahÃa. Como ha traÃdo nuevas tan agradables, retiro todo lo que acabo de decir de él. ¿No se quemó alguien la mano por haber dicho o hecho algo que lamentaba? Bueno, yo no puedo quemarme la mÃa porque me dolerÃa y la cicatriz serÃa fea. Pero me apresuro a retractarme de cuanto he dicho. Cosmo es tan absolutamente encantador como el niño y nada gordo y no existe esposo menos gruñón que él. Sólo que algunas veces está ocupadÃsimo. Creo que puedo decirlo sin faltar a mis deberes conyugales, ¿por dónde iba? TenÃa algo muy especial que decirte, lo sé. Ah, sÃ, es esto, Margaret queridÃsima: tienes que venir a verme. Le sentarÃa muy bien a tÃa Hale, como te decÃa antes. Haz que el médico se lo recomiende. Dile que es el humo de Milton lo que le sienta mal. En realidad, estoy segura de que es asÃ. Tres meses aquà (no podéis venir por menos tiempo), con este clima delicioso, siempre soleado, y las uvas, que son tan corrientes como las moras, y se recuperarÃa del todo. No invito a mi tÃo —(aquà la carta se hacÃa más forzada y mejor escrita; el señor Hale estaba castigado como un niño malo por haber renunciado a su beneficio)— porque, en mi opinión, a él no le gustan la guerra, los soldados ni las bandas de música. Al menos sé que muchos disidentes pertenecen a la Peace Society, y supongo que no querrá venir; pero si le apetece, te ruego que le digas que Cosmo y yo haremos todo lo posible para que se sienta feliz; y esconderé la casaca roja y la espada de Cosmo y pediré a la banda que toque todas las piezas serias y solemnes; o, que si interpretan pompas y vanidades, lo hagan a ritmo más lento. Querida Margaret, si él decide acompañaron a tÃa Hale y a ti intentaremos que vuestra estancia aquà resulte agradable, aunque me da bastante miedo alguien que ha hecho algo por la conciencia. Espero que tú no lo hagas nunca. Dile a tÃa Hale que no traiga mucha ropa de abrigo, aunque me temo que cuando podáis venir será ya hacia finales de año. ¡Pero no te imaginas el calor que hace aquÃ! En una excursión intenté lucir mi precioso mantón indio. Procuré animarme con proverbios mientras pude, «hay que mantener la dignidad» y consejos saludables parecidos. Pero fue inútil. ParecÃa Tiny, la perrita de mamá, con arreos de elefante; asfixiada, oculta, muerta con mis mejores galas. Asà que lo usé de espléndida alfombra para sentarnos todos. Aquà tienes a este hijito mÃo, Margaret. Si no haces la maleta en cuanto recibas esta carta y vienes de inmediato a verlo, ¡pensaré que desciendes del rey Herodes!