Norte y sur

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La señora Thornton visitó a la señora Hale al día siguiente por la mañana. La enferma había empeorado mucho. Se había producido uno de esos cambios súbitos (esos pasos agigantados hacia la muerte) durante la noche, y el aspecto macilento y consumido que había adoptado en aquellas doce horas de sufrimiento asustó incluso a su familia. La señora Thornton no la había visto en varias semanas y se ablandó de repente. Sólo había ido porque su hijo se lo había pedido como un favor personal, pero sin abandonar su orgulloso resentimiento contra aquella familia a la que pertenecía Margaret. Dudaba de que la señora Hale estuviera enferma de verdad; dudaba que la visita respondiera a ninguna necesidad, aparte del capricho pasajero de aquella dama que la había obligado a desviarse del curso previamente establecido de sus ocupaciones aquel día. Le había dicho a su hijo que deseaba que los Hale no se hubieran acercado nunca a Milton, que no los hubiera conocido nunca, que no se hubieran inventado nunca lenguas tan absurdas como el latín y el griego. Él lo soportó todo en silencio. Pero cuando ella concluyó su invectiva contra las lenguas muertas, él volvió a expresarle de forma breve, cortante y firme su deseo de que visitara a la señora Hale a la hora convenida, que sin duda era la más oportuna para la enferma. La señora Thornton accedió de muy mala gana al deseo de su hijo, al mismo tiempo que le consideraba aún más noble por expresarlo y exageraba para sí la idea que tenía él de ser extraordinariamente bueno por mantener la relación con los Hale con tanto empeño.


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