Norte y sur

Norte y sur

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Pasaron todo el día siguiente sentados juntos los tres. El señor Hale sólo hablaba cuando sus hijos le obligaban a volver al presente, como si dijéramos, preguntándole algo. Frederick no volvería a demostrar ni a manifestar su aflicción. Había pasado el primer paroxismo y ahora se avergonzaba de haberse derrumbado por la emoción. Y aunque la aflicción por la pérdida de su madre era un dolor real y profundo que duraría toda su vida, no volvería a mencionarse nunca. Margaret había reaccionado con menos apasionamiento al principio y sufría más ahora. A veces lloraba a lágrima viva; y había en su actitud, incluso cuando hablaba de cosas indiferentes, una ternura dolorida que se intensificaba al posar la mirada en Frederick y pensar en su partida inminente. Se alegraba de que se marchara por su padre, pese a lo mucho que pudiera lamentarlo por sí misma. El señor Hale vivía sumido en un angustioso terror a que descubrieran y capturaran a su hijo, que superaba con creces el placer que su presencia le procuraba. Su nerviosismo había aumentado desde la muerte de la señora Hale, sin duda porque pensaba en él más exclusivamente. Se sobresaltaba en cuanto oía cualquier sonido extraño, y sólo estaba tranquilo cuando Frederick se sentaba donde no podía verlo directamente nadie al entrar en la habitación. Hacia el atardecer, dijo:



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