Norte y sur

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Margaret se alegró de que terminara la despedida: la despedida de la madre difunta y del padre vivo. Hizo que Frederick se apresurase a subir al coche para acortar una escena que causaba tanto dolor a su padre, que había acompañado a su hijo a dar el último adiós a su madre. Debido en parte a esto y también a uno de los frecuentes errores de la «Guía de ferrocarriles» sobre la llegada de los trenes a las estaciones más pequeñas, en Outwood se encontraron con que faltaban casi veinte minutos. Todavía no habían abierto la taquilla y ni siquiera podían sacar el billete. Así que bajaron el tramo de escaleras hasta el nivel del suelo por debajo de la vía. Había un camino de ceniza que cruzaba en diagonal un campo paralelo al camino de coches y fueron a pasear por él los minutos que faltaban.

Margaret cogió del brazo a Frederick, que le estrechó la mano cariñosamente.

—¡Margaret! Consultaré al señor Lennox en cuanto a las posibilidades de exculpación para poder volver a Inglaterra cuando quiera más por ti que por nadie. No soporto la idea de lo sola que te quedarías si le ocurriera algo a mi padre. Está muy cambiado y muy débil. Me gustaría que le convencieras de que piense en el plan de Cádiz por muchas razones. ¿Qué harías tú si él muriera? No tienes ningún amigo cerca. Y es extraño, pero tenemos muy pocos parientes.


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