Norte y sur
Norte y sur El señor Thornton se dirigió directamente al señor Hale, le tomó las manos y se las estrechó en silencio durante un par de minutos, tiempo en el que su cara, sus ojos y su aire expresaron más simpatía y condolencia de las que podían expresar las palabras. Luego se volvió hacia Margaret. No le pareció «mejor de lo que cabía esperar». Su majestuosa belleza estaba atenuada por las muchas vigilias y las abundantes lágrimas. La expresión de su semblante era de mansa tristeza paciente, no de verdadero sufrimiento. El pensaba saludarla con frialdad estudiada, pero no pudo evitar acercarse a ella, que se había apartado un poco y se mostraba tímida debido al desconcierto que le causaba el talante de él últimamente, y le dijo las pocas palabras consabidas con una voz tan tierna que a ella se le llenaron los ojos de lágrimas y se volvió para ocultar su emoción. Cogió la labor y se sentó muy tranquila y silenciosa. Al señor Thornton le latía el corazón muy deprisa y con fuerza y olvidó completamente el sendero de Outwood, de momento. Procuró conversar con el señor Hale y, como su compañía resultaba siempre un placer para éste, ya que su fuerza y su decisión hacían de él y de sus opiniones un puerto seguro, fue insólitamente agradable para su padre, según advirtió Margaret.
Al poco rato, llegó Dixon y dijo:
—Preguntan por usted, señorita Hale.