Norte y sur
Norte y sur Margaret iba a contarle a su prima algunos planes y sueños que abrigaba sobre su vida futura en la rectoría rural en que vivían sus padres y donde había pasado siempre las vacaciones muy contenta, aunque en los últimos diez años la casa de su tía Shaw había sido su hogar. Pero, a falta de oyente, tuvo que considerar en silencio el inminente cambio de la vida que había llevado hasta entonces. Fue una cavilación feliz, si bien matizada por la pena de verse separada durante un tiempo indefinido de su cariñosa tía y de su querida prima. Mientras pensaba en la dicha que supondría ocupar el importante puesto de hija única en la vicaría de Helstone, llegaban a sus oídos retazos de la conversación de la sala contigua. Su tía Shaw conversaba con cinco o seis señoras que habían cenado allí y cuyos esposos seguían en el comedor. Eran los asiduos de la casa, vecinos a quienes la señora Shaw llamaba amigos sólo porque comía con ellos más a menudo que con otras personas y porque si Edith o ella necesitaban algo de ellos, o a la inversa, no tenían reparos en acudir a sus respectivas casas antes de la hora del almuerzo. Aquellas señoras y sus esposos habían sido invitados a la cena de despedida, en su calidad de amigos, en honor de la próxima boda de Edith. Ésta había puesto bastantes objeciones al plan, pues esperaban al capitán Lennox, que llegaría aquella misma tarde en un tren de última hora; pero, aunque era una niña mimada, era demasiado despreocupada y negligente para tener una voluntad propia muy fuerte, y cedió en cuanto supo con certeza que su madre había encargado los exquisitos manjares de la temporada que se supone que son siempre eficaces contra la pena desmedida en los banquetes de despedida. Se conformó recostándose en la silla, jugueteando con la comida de su plato, y mostrándose seria y distraída, mientras todos los que la rodeaban disfrutaban con las ocurrencias del señor Grey, el caballero que ocupaba siempre la cabecera de la mesa en las cenas de la señora Shaw y que pidió a Edith que los obsequiara con un poco de música en la sala. El señor Grey estuvo especialmente simpático en aquella cena de despedida, y los caballeros permanecieron en el comedor más tiempo del habitual. Y había estado bien que lo hicieran así, a juzgar por los fragmentos de conversación que le llegaban a Margaret.