Norte y sur
Norte y sur La puerta de la casa de Higgins estaba cerrada cuando Margaret y su padre fueron a visitar a la viuda de Boucher al día siguiente, pero un vecino amable les dijo que había salido. Había pasado a ver a la señora Boucher, no obstante, antes de iniciar su trabajo diario, fuera el que fuese. La visita a la señora Boucher fue poco satisfactoria; ella se consideraba una mujer maltratada por el suicidio de su pobre esposo; una idea difícil de refutar por el germen de verdad que contenía. Pero no resultaba agradable verla concentrarse tanto en sí misma y en su situación, un egoísmo que abarcaba incluso las relaciones con sus hijos, a quienes consideraba estorbos pese al cariño un tanto animal que sentía por ellos. Margaret procuró familiarizarse con dos de ellos mientras su padre se esforzaba por elevar los pensamientos de la viuda a un plano un poco más alto que el del mero estado quejumbroso. Los niños le parecían dolientes mas inocentes y sinceros que la viuda. Su padre había sido cariñoso con ellos; cada uno explicó a su modo titubeante algún ejemplo de ternura o de benevolencia del padre que habían perdido.
—¿De verdad es él el que está arriba? No parece él. Me dio miedo y papi nunca me daba miedo.