Norte y sur

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Su padre se sorprendió un poco al verla tan animada aquella tarde. Hablaba sin cesar y forzó su humor natural hasta límites insólitos. Y aunque había un leve tono de amargura en cuanto decía, aunque sus relatos del grupo de Harley Street fuesen un poco sarcásticos, su padre no se atrevió a interrumpirla como hubiera hecho en otro tiempo, porque le complacía ver que se libraba de sus cuidados. En plena velada la llamaron para que bajara a hablar con Mary Higgins, y cuando volvió, el señor Hale creyó ver rastros de lágrimas en sus mejillas. Pero no podía ser, porque tenía buenas noticias: Higgins había conseguido trabajo en la fábrica del señor Thornton. La animación de Margaret se había apagado, de todos modos, y le costaba mucho trabajo seguir hablando, y más aún hacerlo del mismo modo disparatado que antes. Su estado de ánimo cambió extrañamente durante unos días. Y su padre había empezado a preocuparse por ella, cuando llegaron noticias de un par de sitios, que prometían cierto cambio y variedad para ella. El señor Hale recibió una carta del señor Bell, en la que el caballero les anunciaba su visita; y el señor Hale suponía que la compañía de su viejo amigo de Oxford daría un giro tan agradable a los pensamientos de Margaret como a los propios. Ella procuró interesarse en lo que complacía a su padre, pero estaba demasiado lánguida para preocuparse por ningún señor Bell aunque fuese veinte veces su padrino. La animó más una carta de Edith, llena de compasión por la muerte de su tía; llena de detalles sobre sí misma, su marido y su hijo, y en la que le decía al final que como el clima no sentaba bien al niño y como la señora Shaw hablaba de regresar a Inglaterra, creía probable que el capitán Lennox traspasara su puesto y entonces volverían todos a vivir en la casa de Harley Street; que, sin embargo, parecería incompleta sin Margaret. Margaret añoraba aquella casa y la placidez de la vida monótona y ordenada que había llevado allí. Le había resultado tediosa a veces, pero se había visto tan zarandeada desde entonces, y se sentía tan agotada por esta última lucha consigo misma, que le parecía que incluso el estancamiento sería un descanso y un alivio. Así que empezó a considerar la posibilidad de hacer una larga visita a los Lennox cuando regresaran a Inglaterra como a un lugar…, no, de esperanza no, pero sí de ocio, en el que podría recuperar la fuerza y el dominio de sí misma. De momento, le parecía que todos los temas tendían hacia el señor Thornton; como si no pudiera olvidarse de él a pesar de sus esfuerzos. Si iba a ver a los Higgins, hablaban de él. Su padre había reanudado las clases con él y citaba continuamente sus opiniones; hasta la visita del señor Bell pondría sobre el tapete el nombre de su arrendatario; pues mandó recado de que creía que tendría que dedicar buena parte de su tiempo al señor Thornton, ya que estaban preparando un nuevo contrato de arrendamiento y tenían que ponerse de acuerdo sobre las condiciones del mismo.


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