Norte y sur

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La impresión había sido fuerte. Margaret cayó en una postración que no se manifestó en sollozos y lágrimas ni halló siquiera el alivio de las palabras. Permanecía echada en el sofá con los ojos cerrados y sólo hablaba cuando le decían algo, y entonces en susurros. El señor Bell estaba desconcertado. No se atrevía a marcharse ni se atrevía a pedirle que fuera con él a Oxford, según uno de los planes que había hecho en el viaje a Milton, pues su agotamiento físico no le permitiría realizar semejante esfuerzo, dejando al margen la escena a la que tendría que enfrentarse. El señor Bell siguió sentado junto al fuego, considerando qué sería mejor que hiciera. Margaret yacía a su lado inmóvil y casi sin aliento. Él no se movería de su lado ni siquiera para tomar lo que le había preparado Dixon y que le había instado a comer con sollozante cordialidad. Tomó un plato de algo que le subió. En general, era bastante especial y remilgado, e identificaba todos los sabores de su comida, pero aquel pollo especiado le supo a serrín. Cortó en trocitos pequeños un poco para Margaret y lo salpimentó bien; pero cuando Dixon intentó dárselo siguiendo las instrucciones de él, el lánguido cabeceo demostró que en el estado en el que se encontraba la comida la atragantaría, no la alimentaría.



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