Norte y sur
Norte y sur La señora Shaw tomó una aversión a Milton tan fuerte como podía hacerlo una dama delicada como ella. Era una ciudad ruidosa y llena de humo, la gente pobre que veía por las calles era sucia, las damas ricas vestían de forma extravagante y no había visto ni a un hombre, rico o pobre, con ropa a la medida. Estaba convencida de que Margaret no recuperaría las fuerzas mientras siguiera allí. Ella misma temía sufrir uno de sus antiguos ataques de nervios. Margaret tenía que marcharse con ella y tenía que hacerlo cuanto antes. Ése, si no la fuerza exacta de las palabras, fue de todos modos el ánimo de lo que recomendó a Margaret, hasta que, débil, cansada y abatida, le prometió de mala gana que en cuanto pasara el miércoles volvería con ella a la ciudad, dejando que Dixon se ocupara de pagar las facturas, vender los muebles y cerrar la casa. Antes de aquel miércoles —aquel miércoles triste en que iban a enterrar al señor Hale, lejos de los hogares que había conocido en vida y lejos de la esposa que yacía sola entre extraños (y esto último era el gran problema de Margaret, pues creía que si no se hubiera entregado a aquel incontenible estupor durante los primeros días tristes, podría haber organizado las cosas de otro modo)—, antes de aquel miércoles, Margaret recibió una carta del señor Bell.
Querida Margaret: