Norte y sur

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—Es así, Margaret. No te engañes dudando de la sinceridad de mis palabras, de la firmeza de mi resolución y mi propósito.

Guardó silencio y se quedó mirándola del mismo modo fijo y gélido unos instantes. Ella le devolvió la mirada con expresión suplicante hasta que se convenció de que todo aquello era irrevocable. Entonces se levantó y se dirigió hacia la puerta, sin una palabra ni una mirada más. Posó los dedos en la manilla y oyó que la llamaba. Estaba de pie junto a la chimenea, encogido y encorvado. Pero cuando ella se acercó, se irguió cuan alto era, le puso las manos en la cabeza y dijo con solemnidad:

—¡Que Dios te bendiga, hija mía!

—Y que te devuelva a Su Iglesia —respondió ella, desbordada por la emoción. Acto seguido temió que su respuesta a la bendición paterna hubiese sido irreverente, errónea, que pudiera herirle por proceder de su hija, y le echó los brazos al cuello. Él la estrechó unos instantes. Margaret le oyó murmurar para sí: «Los mártires y los confesores tuvieron que soportar más dolor. No flaquearé».

En aquel momento los sobresaltó la voz de la señora Hale que preguntaba por su hija. Se separaron plenamente conscientes de todo lo que les esperaba. El señor Hale se apresuró a decirle:


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