Norte y sur
Norte y sur Dixon llegó de Milton por entonces, y ocupó su puesto como doncella de Margaret. Llevó consigo historias sin cuento de las habladurías de Milton: Martha se había ido a vivir con la señorita Thornton tras la boda de ésta; una relación de las damas de honor, trajes y desayunos de aquella interesante ceremonia; que la gente creía que el señor Thornton la había convertido en una boda demasiado espléndida, habida cuenta de lo mucho que había perdido con la huelga y todo lo que había tenido que pagar por incumplimiento de contratos; el poco dinero que habían sacado de la venta de los muebles, una vergüenza considerando lo rica que era la gente de Milton; que la señora Thornton se había presentado un día y había conseguido dos o tres gangas, y el señor Thornton había ido al siguiente y en su empeño por conseguir un par de artículos había subido las propias apuestas, para gran diversión de los curiosos, con lo que según observó Dixon, se igualaron las cosas: si la señora Thornton había pagado demasiado poco, el señor Thornton había pagado demasiado. El señor Bell había enviado toda clase de instrucciones acerca de los libros, pero no había forma de entenderlo, tan especial era. Si hubiese ido personalmente habría sido perfecto, pero las cartas siempre eran y siempre serán tan desconcertantes que no sirven de nada. Dixon no sabía mucho de los Higgins. Su memoria tenía un sesgo aristocrático y era muy engañosa cuando ella intentaba recordar cualquier circunstancia relacionada con quienes vivían por debajo de su nivel. Creía que Nicholas estaba muy bien. Había ido varias veces a la casa a preguntar qué se sabía de la señorita Margaret. Era la única persona que había preguntado por ella, excepto el señor Thornton una vez. ¿Y Mary? ¡Oh, ella estaba muy bien, por supuesto, una criatura grande, robusta y descuidada! Había oído, o quizá lo hubiera soñado, aunque sería extraño que ella soñara con gente como los Higgins, que Mary había empezado a trabajar en el taller del señor Thornton, porque su padre quería que aprendiera a cocinar; pero no sabía lo que podía significar semejante tontería. Margaret estaba de acuerdo con ella en que la historia era tan absurda como para parecer un sueño. Sin embargo, le complacía poder hablar de Milton y de la gente de Milton con alguien. Dixon no sentía una debilidad especial por el tema y prefería correr un tupido velo sobre esa parte de su vida. Le gustaba mucho más extenderse sobre los discursos del señor Bell, que le habían sugerido la idea de cuál era realmente su intención: nombrar heredera a Margaret. Pero su señorita no alentó ni satisfizo en modo alguno sus preguntas insinuantes, aunque disfrazadas de sospechas o afirmaciones.