Ruth
Ruth Ruth dejó la estancia con una sensación de alivio, porque si se aburrÃa en su ausencia, no se sentirÃa culpable ni afligida por su propia estupidez. Al aire fresco, aquel amable bálsamo relajante que la madre naturaleza, primorosa, ofrece a todos nosotros en nuestros perÃodos de depresión, le dio un gran consuelo. La lluvia habÃa cesado, si bien cada hoja y cada hilillo de hierba estaban rebosantes de gotas resplandecientes. Ruth descendió hasta el pequeño valle circular en el cual el rÃo de la montaña, con su espuma marrón, se desbordaba creando una pequeña laguna y después de reposarse un momento en aquel lugar, corrió hacia el valle más bajo entre las rocas dentadas. La cascada era magnÃfica, como ya imaginaba. Deseaba ardientemente continuar su paseo hasta la otra orilla, y asà se dirigió hacia el punto por donde habitualmente se cruzaba —a pocas yardas de distancia de la laguna—, en busca de piedras para contemplar el rÃo. Las aguas corrÃan rápidas y agitadas, inquietas como la vida misma, entre las grisáceas rocas, pero Ruth no tenÃa ningún miedo y continuó adelante con agilidad y obstinación. Casi en el centro, sin embargo, habÃa un gran lapso; o una de las piedras estaba tan cubierta por el agua que resultaba imposible de ver, o la corriente la habÃa desplazado más abajo. En cualquier caso, el espacio entre una piedra y otra era demasiado grande y Ruth vaciló antes de intentarlo. El rumor de aquellas impetuosas aguas se le metÃa en los oÃdos hasta tal punto que era incapaz de escuchar cualquier otro sonido; sus ojos miraban fijamente la corriente que resbalaba velozmente bajo sus pies; de pronto, se estremeció al ver a una persona junto a ella en una de las piedras y escuchar su voz ofreciéndole auxilio.