Ruth

Ruth

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La señora Morgan, por su parte, estaba un poco perpleja: su sentido de la moral estaba un tanto perturbado ante la idea de que una dama como la señora Bellingham pudiera descubrir que había «cerrado los ojos» a la relación entre su hijo y Ruth. Estaba casi decidida a convencer a la muchacha de que cumpliera su deseo de no hacerse ver por la señora Bellingham; un deseo que no nacía tanto de un sentimiento de culpa por haber hecho algo malo, sino principalmente por aquello que siempre había escuchado sobre el terrible carácter de la dama. La señora Bellingham entró impetuosamente en la habitación de su hijo, como si no fuese consciente de la presencia de la pobre criatura que la había frecuentado en el último tiempo, mientras Ruth corrió hacia una de las habitaciones libres y allí, completamente sola, sintió como su autocontrol cedía de improviso, hundiéndose en el llanto más triste y desesperado de su vida entera. Consumida por la vigilia de los días precedentes y agotada por el llanto, se acostó en la cama y se durmió. Pasaron las horas; ella durmió sin que nadie la echara de menos o solicitara su presencia y, en su despertar —casi entrada la noche—, tuvo una sensación de culpabilidad por haber reposado tanto tiempo: la tensión debida a su responsabilidad por el enfermo, no la había aún abandonado. Se acercaba la hora del crepúsculo; esperó a que se hiciera de noche para bajar furtivamente al saloncito de la señora Morgan.


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