Ruth
Ruth Ruth miraba por la ventana de la pequeña bóveda. Como si hubieran sido convocadas por algún espíritu de la tempestad, las grandes nubes fraccionadas en distintas formas irregulares, se movían veloces en el profundo cielo azul, pasando delante de la cara de la luna. El trabajo que tenían asignado se hallaba en otro lugar; el punto de reunión estaba fijado varias leguas más al este y así, proseguían su camino, persiguiéndose las unas a las otras sobre la tierra silenciosa; unas eran negras, otras tenían un borde transparente de un color blanco plateado; por momentos, la luna resplandecía como la esperanza, penetrando en su corazón todavía más oscuro para luego vestirse de nuevo de plata; finalmente, completamente negras, navegaban a través de la colina y desaparecían tras las imperturbables montañas. Se precipitaban justo en la dirección que Ruth había tomado desesperadamente aquella tarde; con su desenfrenada carrera pronto llegarían al lugar en que él (su mundo entero), estaba durmiendo ahora… o quizá no dormía, quizá estaba pensando en ella. También en la mente de Ruth se agitaba una tempestad, que rasgaba y truncaba sus propósitos de un modo desordenado e irregular como la silueta que estaba observando en el firmamento. Si hubiera podido, como ellas, alcanzar durante la noche la barrera del horizonte, lo hubiera hecho sin dudarlo.