Ruth

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Su carroza estaba pasando en aquel mismo momento al pie de la pendiente cuesta que conducía a Llandhu. El señor Benson tomó con él un muchacho para que transportara el equipaje de su hermana una vez que ésta llegara; alcanzaron la colina demasiado pronto y el muchacho comenzó a jugar tirando pequeñas piedras en el punto del riachuelo donde el agua, transparente y plácida, era menos profunda, mientras el señor Benson se sentó en una gran piedra bajo la sombra de un aliso que crecía allá donde la verde explanada costeaba la orilla. Era muy agradable encontrarse de nuevo al aire libre, lejos de los lugares y pensamientos agotadores de los últimos tres días. En cada cosa descubría una belleza completamente nueva: desde las montañas azules que resplandecían en la lontananza bajo los rayos del sol, hasta el extenso valle donde yacía sentado, fértil, tranquilo y cubierto por una pacífica sombra. Incluso la superficie de los guijarros blancos que se encontraban a la orilla del río, emanaba una belleza impecable. Se sintió más calmado y sereno respecto a los días precedentes, aunque cuando volvió a pensar en ello, le vino a la mente que tenía que contar una historia más bien extraña a su hermana, para justificar su urgente convocatoria. Y ahí estaba, único amigo y custodio de una pobre muchacha enferma, de la cual no conocía ni siquiera el nombre, y de la que sabía solamente que había sido la amante de un hombre que la había abandonado; además temía… creía que había contemplado la posibilidad del suicidio. Era ésta una transgresión que a su hermana, aún siendo buena y gentil, le motivaría poca compasión. Tendría que apelar a su amor por él, un modo de proceder realmente poco satisfactorio, porque hubiera preferido que su interés por la muchacha se fundara en la razón y no en unos principios personales como aquel de no ir contra los deseos de su hermano.


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