Ruth
Ruth Puso una mano sobre la espalda de Ruth, empujándola fuertemente, y ésta, en parte intimidada por la vieja criada, que hasta ese momento habÃa ocultado —a duras penas— su temperamento de bruja; en parte porque tenÃa el ánimo afligido hasta el punto de que le resultaba del todo indiferente aquella propuesta, se sentó sin discutir. Sally sacó unas enormes tijeras y comenzó a cortar sin piedad. Esperando alguna queja u oposición, tenÃa un torrente de palabras listo para estallar al más mÃnimo indicio de rebelión, pero Ruth permaneció inmóvil y silenciosa, con la cabeza inclinada sumisamente bajo las extrañas manos que estaban cortando su hermosa cabellera hasta dejarle el pelo tan corto como el de un muchacho. Mucho antes de haber terminado, Sally comenzó a tener sus dudas sobre la necesidad de aquella maniobra, pero ya era demasiado tarde, pues habÃan desaparecido la mitad de sus rizos y no podÃa hacer más que rematar aquel desastre. Cuando concluyó, alzó el rostro de Ruth poniendo una mano bajo su nÃveo y redondeado mentón. La miró, esperando encontrar una expresión de rabia que no habÃa emergido con palabras, pero sólo encontró sus grandes y serenos ojos, que la miraban con una triste ternura desde sus órbitas perfectamente formadas. Sally se arrepintió profundamente ante aquella digna y dulce sumisión, pero prefirió no mostrar ningún cambio en sus sentimientos. En vez de ello, trató de esconderlo agachándose a recoger aquellos largos y brillantes bucles; los levantó con admiración y después, dejándolos fluctuar y ondear en el aire (como si fueran las ramas caÃdas de un abedul), dijo: