Ruth

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Se quedó muy sorprendido, pero se repuso al instante y volvió a ser la persona dulce que había sido siempre. Permaneció arrodillado, si bien yo hubiera preferido que se alzara, pero imagino que lo hizo para dar una mayor firmeza a sus palabras. Y así me contestó: «Piénselo bien, mi querida Sally. Tengo una casa con cuatro habitaciones, elegantemente amueblada; y además gano ochenta libras al año. Puede que no se le presente otra oportunidad como ésta». Había una cierta dosis de razón en sus palabras, pero no fue acertado de su parte el pronunciarlas, y yo perdí los estribos. «Ni usted ni yo podemos estar seguros de ello, señor Dixon. No es usted el primero que se ha arrodillado ante mí para proponerme matrimonio (pensaba en John Rawson, y no había motivo alguno para confesarle que en el momento de su declaración estaba a cuatro patas… además, mentir… lo que se dice mentir, no lo hice, porque arrodillado sí que estaba), y probablemente no será el último. De cualquier modo, en este momento no tengo intención de cambiar mi estado civil». «Esperaré hasta Navidad», me respondió, «tengo un cerdo que por entonces estará listo para la matanza, así que debo casarme antes de esa fecha». En fin, ¿te lo puedes creer? En realidad el marrano fue una tentación. Tengo una receta para salar los jamones que la señorita Faith no me dejaría experimentar jamás, pues insiste en que la manera tradicional es la mejor. Pero bueno, al final resistí a la tentación. Me di cuenta de que estaba titubeando así que le dije con tono adusto: «Señor Dixon, de una vez por todas, con cerdo o sin él, no me casaré con usted. Y si quiere aceptar mi consejo, póngase en pie. El pavimento está aún mojado y no creo que le guste sufrir de reumatismo con el invierno a las puertas». Al escuchar estas palabras se alzó, más bien tenso. Era el tipo más enfurruñado sobre el que jamás había posado la mirada, y viéndolo así, confuso e irritado, me alegré de haberle rechazado —a pesar del cerdo—. «Espero que viva lo suficiente para arrepentirse», exclamó con el rostro encendido. «Pero no quiero ser demasiado duro con usted, le daré una última oportunidad. Le dejaré esta noche para que reflexione y mañana, después de la misa, vendré a visitarla para escuchar una segunda respuesta».


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