Ruth
Ruth En efecto, construir castillos en el aire al estilo de la Minerva Press[66], era su particular modo de huir de la opresión de la vida prosaica que llevaba siendo la mujer del señor Bradshaw. Solamente tenía ojos para la belleza exterior, aunque en ciertas ocasiones no supiera apreciarla, ya que de lo contrario, hubiera reparado en que la naturaleza candente, afectuosa y apasionada, totalmente libre de envidias o preocupaciones egoístas, dotaban a su hija Jemimah de un atractivo indescriptible, mientras sus ojos oscuros y su rostro sencillo y luminoso provocaban continuamente la admiración de sus amistades. La primera velada en casa del señor Bradshaw, así como las siguientes, transcurrió del siguiente modo: tomaron el té, servido en una vajilla de porcelana que reunía lo más bello y lo más horrendo que el dinero puede ofrecer; más tarde las señoras retomaron sus labores de costura, mientras el señor Bradshaw sentado junto a la chimenea, deleitaba a los invitados con sus opiniones sobre los argumentos más variados. Éstas eran tan buenas y válidas como las de cualquier hombre que se posiciona de un modo parcial, sin tener en cuenta el otro lado de la cuestión, perdiendo la objetividad de los hechos. En algunos puntos, coincidía con el señor Benson, aunque éste, de tanto en tanto, intervenía en favor de aquellos que tenían distinto parecer. Y en estos casos, el señor Bradshaw le escuchaba con una especie de evidente e indulgente piedad, como aquella que se tiene con un niño que dice, sin querer, algún disparate. Después de un rato, la señora Bradshaw y la señorita Benson entraron en un tête à tête y Ruth y Jemimah hicieron lo propio. Dos niñas, educadas y tranquilas pero de un modo artificial o poco natural, fueron castigadas, mandándolas a la cama, con la voz autoritaria de su padre, porque una de ellas había hablado demasiado alto mientras él estaba departiendo sobre una modificación en las tarifas aduaneras. Minutos antes de que sirvieran la cena, se anunció la visita de un caballero al que Ruth no había visto jamás, pero que era bien conocido por el resto de invitados. Era el señor Farquhar, el socio del señor Bradshaw. Había pasado todo el año en el continente y había regresado recientemente. Parecía encontrarse muy a gusto con las personas allí congregadas pero no habló mucho. Se sentó cómodamente en un sillón, entrecerró los ojos en un movimiento característico de los miopes y observó a los presentes; sin embargo, en aquel modo de examinar a la concurrencia, no había nada de desagradable o impertinente. Ruth se maravilló al oírle contradecir al señor Bradshaw, esperando algún reproche por su parte, pero éste, sin dejarse persuadir, admitió por primera vez aquella noche, la posibilidad de que alguno tuviera un punto de vista distinto del suyo. El señor Farquhar, también discrepó con el señor Benson, pero de un modo más respetuoso de lo que lo había hecho con el señor Bradshaw. Por todos estos motivos, aunque el señor Farquhar no se dirigió a ella en ningún momento de la velada, Ruth se marchó con la impresión de que era un hombre merecedor de su estima y convencida de que podría agradarle.