Ruth
Ruth Su vida estaba plenamente dedicada a su hijo. A menudo temÃa amarlo en exceso —más de cuanto amaba al mismo Dios— y sin embargo se resistÃa a rezar para que este amor disminuyera. De noche, sin embargo —en lo más profundo y silencioso de la noche, mientras brillaban las estrellas escoltando a su Rizpá[74]—, se arrodillaba junto a la cama de su hijo para decirle a Dios, aquello que os acabo de relatar, que temÃa amarlo demasiado, pero que no podÃa ni querÃa amarlo menos. Le hablaba de su tesoro como no habrÃa podido hacerlo con ningún amigo terrenal. Y asÃ, inconscientemente, el amor por su hijo hizo crecer su amor por Dios, el Omnisciente que leÃa en su corazón.
Ya fuera por superstición —me atreverÃa a decir que asà era— o por devoción, Ruth no se acostaba nunca sin pronunciar, dirigiendo una última mirada a su hijo, las siguientes palabras: «Hágase Tu voluntad». Y aunque temblaba y sentÃa escalofrÃos por el infinito terror que le infundÃa el gran abismo que comprende la voluntad divina, sentÃa que gracias a aquellas palabras que, cada noche, después de haber asimilado su trascendencia, rechazaba consternada, estaba más segura de que a la mañana siguiente su tesoro se despertarÃa sonrosado y radiante, como si los ángeles de Dios hubieran velado por él.