Ruth
Ruth —¡Oh, Dios! ¡Ayúdame! No pensaba que podÃa llegar a ser tan malvada —gritó Jemimah presa del dolor. HabÃa dado un terrible vistazo en el oscuro y espantoso abismo del mal que anidaba en su corazón. Luchó con el demonio, pero éste no desapareció. DebÃa decidir, en ese momento de resentimiento, si renunciaba o no a él. Al dÃa siguiente permaneció sentada imaginando la feliz recolección de fresas que estaba teniendo lugar, en aquel preciso momento, en el agradable bosque de Scaurside. Cada nota de fantasÃa que pudiera agrandar su idea del gran divertimento y de las atenciones que el señor Farquhar le dedicaba a la tÃmida Ruth, cada presunción que la hubiera podido golpear con una angustia adicional de remordimiento y de feroces celos, su imaginación la recreaba. Se levantó y empezó a caminar, tratando de poner fin a su fantasÃa hiperactiva con el ejercicio fÃsico. Pero durante el dÃa habÃa comido muy poco y se sentÃa agotada y débil por el intenso calor que hacÃa en el soleado jardÃn. Incluso el largo sendero herboso bajo los avellanos estaba árido y seco por el ardiente sol de agosto. Y pese a ello, cuando sus hermanas regresaron la encontraron allÃ, caminando velozmente de aquà para allá, como si quisiera caldearse en una tarde cualquiera de invierno.
Estaban muy cansadas y en absoluto comunicativas como el dÃa anterior, ahora que Jemimah se morÃa por saber cada detalle que pudiera aumentar su agonÃa.