Ruth
Ruth Mientras tanto en Eccleston estaban adaptando afanosamente la residencia de los Bradshaw para las elecciones. La pared divisoria que separaba el salón inutilizado y la cámara donde se impartían las lecciones fue derribada para colocar una puerta de libro. El «ingenioso» tapicero de la ciudad (¿qué ciudad puede jactarse de tener un tapicero lleno de proyectos y recursos, en contraposición con el tapicero a sueldo fijo y carente de imaginación que mira con desprecio y perplejidad inquieta la genialidad de otros?) intervino dando su opinión y ésta era que «no hay nada más sencillo que transformar un baño en un dormitorio, con la ayuda de una buena cortina que esconda la ducha», siempre y cuando se cubra meticulosamente el cordón para evitar que el ignorante ocupante del baño pudiera confundirla con una campanilla. Contrataron a la cocinera oficial de la ciudad que se alojaría en la residencia del señor Bradshaw durante un mes, con profunda indignación de Betsy, que se convirtió en ferviente partidaria del señor Cranworth apenas supo que la despojarían de su absoluta soberanía en la cocina, de la cual había sido la reina indiscutible durante catorce años. La señora Bradshaw suspiraba y se lamentaba para sí en cuanto tenía un momento libre, que no eran muchos, preguntándose cómo su casa había terminado convirtiéndose en una posada para aquel señor Donne, cuando todos sabían que un «George» cualquiera era rival más que suficiente para los Cranworth, a los que nunca se les hubiera ocurrido pedir nada semejante a los votantes del municipio —y ellos vivían en Cranworth desde los tiempos de Julio César; si aquélla no era una antigua familia, no sabía cuál podía serlo—. La excitación tranquilizó a Jemimah. Se mantenía ocupada pues siempre había algo que hacer. Preparó los proyectos junto al tapicero; aplacó a Betsy hasta conducirla a un estado de rabioso silencio; convenció a su madre de que se sentara y reposara, y mientras, ella misma salió a comprar un arsenal de cosas necesarias para que la casa y la familia aparecieran presentables ante el señor Donne y su precursor, el amigo del representante parlamentario. Este último caballero no había hecho aún, acto de presencia, sin embargo era quien manejaba los hilos. Se trataba de un tal señor Hickson, un abogado a quien algunos calificaban de abogado sin currículo, y que mostraba un total desprecio por la ley, ya que la consideraba un «gran fraude» que implicaba una infinidad de acciones sutiles, servilismo y oportunismo y totalmente obstruida con formalidades y ceremonias inútiles por no hablar de palabras muertas y obsoletas. Y así, en vez de ponerse manos a la obra para reformar las leyes, hablaba con elocuencia en su contra, con un estilo tan pontificio que en numerosas ocasiones despertaba gran sorpresa el hecho de que mantuviera una estrecha amistad con el representante parlamentario anteriormente mencionado. Sin embargo, como el mismo señor Hickson decía, era la corrupción de la ley contra lo que él combatía, haciendo todo lo que estaba en su poder para lograr el retorno de ciertos miembros del parlamento, quiénes a su vez, se empeñarían en promulgar una reforma de la ley de acuerdo a la voluntad del señor Hickson. Y como en una ocasión declaró confidencialmente: