Ruth
Ruth Mary y Elizabeth se fueron a la cama en cuanto finalizó la plegaria. Estaba programado que los caballeros partirían a primera hora de la mañana. Desayunarían media hora antes para coger a tiempo el tren. Así lo había decidido el propio señor Donne, quien, tan sólo una semana antes, se había mostrado particularmente entusiasta de su propaganda electoral —en la medida que su carácter se lo permitía—, pero que ahora mandaba al diablo, con todo su corazón, tanto a Eccleston como a los disidentes.
Justo en el momento que llegaba el carruaje, el señor Bradshaw se dirigió a Ruth:
—¿Algún mensaje para Leonard, aparte de su amor incondicional, que se da por descontado?
En el rostro de Ruth se dibujó una mueca de dolor, al percatarse de que el señor Donne había escuchado ese nombre. Sin embargo no imaginó los repentinos e intensos celos que suscitó en él, la idea de que Leonard fuese el nombre de un hombre adulto.
—¿Quién es Leonard? —preguntó a la niña que estaba junto a él, sin saber cuál de las dos era.
—El hijo de la señora Denbigh —respondió Mary.
Entonces, con un pretexto cualquiera, se acercó a Ruth y con aquel tono de voz susurrante que ella había aprendido a detestar, dijo:
—¿Nuestro hijo?