Ruth

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Y entonces, en el taller todo fue confusión y agitación para la señora Mason y las muchachas; era preciso enviar a buscar un médico; se debía eximir a la encargada —demasiado enferma para tomar decisiones— de la obligación de trabajar en esas circunstancias; se debía imponer un castigo —no demasiado severo— a un grupo de muchachas asustadas, sin excluir a la propia enferma, culpable de su inoportuna dolencia. En medio de todo este caos, Ruth se deslizó de puntillas hasta su puesto, con el corazón entristecido por la indisposición de la amable encargada. Hubiera asistido voluntariosa a Jenny y deseaba hacerlo ansiosamente, pero era indispensable ponerse inmediatamente a trabajar. Para cuidar de la enferma —al menos hasta la llegada de su madre—, habrían estado más que cualificadas sus manos, por otro lado inexpertas en el trabajo fino y delicado. Entre tanto, la sastrería requería más celo de lo habitual y Ruth no tuvo oportunidad de ir a casa del pequeño Tom y realizar los planes que se había propuesto, esto es, ofrecerle a él y a su abuela una vida más confortable. Se arrepintió de la impulsiva promesa hecha al señor Bellingham de ocuparse del bienestar del niño. Todo lo que podía hacer lo hizo gracias a la doncella de la señora Mason, a través de la cual estaba informada y mandaba la ayuda necesaria.



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