Ruth

Ruth

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Su envidia se había esfumado sin saber cómo ni dónde. Habría podido evitar y esquivar a Ruth pero ahora sabía que jamás volvería a sentir envidia de ella. En su orgullosa inocencia, casi se avergonzó por haber albergado un sentimiento igual. ¿Podría quizá el señor Farquhar dudar entre ella y una que…? ¡No! No podía desvelar aquello que Ruth había sido, ni siquiera en sus pensamientos. Sin embargo, él podría no averiguarlo nunca, dada la belleza de la apariencia por ella mostrada. ¡Oh! ¡Ojalá pudiera distinguir por la gracia de un rayo de la santa luz de Dios, qué era apariencia y qué era verdad, en esta tierra traidora y falsa! Podría ser que Ruth hubiera cumplido su camino a través del profundo purgatorio del arrepentimiento hasta llegar nuevamente a algo similar a la pureza. ¡Sólo Dios lo sabe! ¡Si su bondad actual fuese auténtica, si después de haber luchado para regresar a la cima, su amiga fuera arrojada de nuevo a la horrible profundidad del abismo a causa de su lengua despiadada e incontrolable, habría sido demasiado cruel! Y sin embargo, cabía la posibilidad de esta terrible duda, si era un engaño… ¡No! Jemimah con noble candor admitió que era imposible. Quien quiera que hubiese sido Ruth en el pasado, ahora era virtuosa y respetable en cuanto tal. No podemos deducir que Jemimah mantendría el secreto por siempre; ella misma dudaba de su capacidad para conseguirlo si el señor Farquhar hubiera regresado a casa perseverando en su admiración por la señora Denbigh y que ésta le ofreciera una —aunque fuera mínima— esperanza. Pero esta última idea, por lo que sabía del carácter de Ruth, era del todo imposible. Claro que, ¿qué era imposible después de su descubrimiento de aquella tarde? De todos modos estaría a la expectativa, observando y esperando. Cualquier cosa que sucediera, Ruth estaba en sus manos. Y, aunque parezca extraño, esta última certeza hizo nacer en Jemimah un sentimiento de protección por Ruth, casi de compasión. Su disgusto por el pecado no había disminuido pero cuanto más pensaba en las batallas que la pecadora debía haber afrontado para liberarse, más convencida estaba de la crueldad que supondría revelar su culpa. Por el amor que sentía hacia sus hermanas, tenía un deber que cumplir: debía controlar a Ruth. Controlarla no ayudaría a su amor; pero estaba demasiado presa del deber como para reconocer la fuerza de su amor, además, el deber parecía la única cosa estable a la que aferrarse. Por el momento no se inmiscuiría ni arruinaría el curso de la vida de Ruth.


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