Ruth
Ruth —La gente no lo es todo, Ruth; ni la buena opinión ni la estima por parte de los hombres conforman la mayor necesidad del hombre. Debes enseñarle esto a Leonard. Tú no le augurarás una vida sin problemas. No osarÃas hacerlo si tuvieras poder para ello. Debes enseñarle a dar una noble y cristiana bienvenida a las pruebas que Dios le mande. Y ésta es una de ellas. Debes enseñarle a no ver una vida difÃcil y quizá decepcionante e incompleta como un final triste y desesperado, sino más bien como el instrumento concedido a los héroes y a los guerreros del ejército de Cristo a través del cual probar su fidelidad a Él. Cuéntale el duro y espinoso camino que una vez fue pisoteado por los sangrantes pies de un Hombre. ¡Ruth! Piensa en la vida del Salvador y en Su muerte cruel, y en Su fe divina. ¡Ruth! —exclamó—, cuando miro y veo lo que puedes ser —lo que deberÃas ser para ese muchacho—, no puedo pensar en tu momentánea cobardÃa intentando rehuir tu deber. Pero todos nosotros hemos sido cobardes, hasta ahora —añadió con amarga autocensura—. ¡Que Dios nos ayude a no serlo más!
Ruth estaba sentada y tranquila. Sus ojos miraban fijamente al suelo y parecÃa perdida en sus pensamientos. Finalmente se alzó.