Ruth

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—¡Ruth! Leonard se acaba de acostar —seguro del instinto maternal que le haría levantarse en silencio e ir en busca del niño, así como la certeza de que serían el mejor consuelo el uno para el otro, y que Dios reforzaría el uno a través del otro.

Y entonces, por primera vez, tuvo tiempo de pensar en sí mismo y de repasar todos los acontecimientos de la jornada. La media hora de soledad en su estudio antes del regreso de su hermana tuvo para él un valor inestimable: pudo colocar sus ideas por importancia y sentido eterno.

La señorita Faith llegó cargada de productos de la granja. Sus amables huéspedes la habían acompañado con su calesa hasta la entrada del patio de la casa parroquial; pero estaba tan cargada de huevos, setas y ciruelas que cuando su hermano abrió la puerta, se hallaba casi sin aliento.

—¡Oh Thurstan! ¡Ayúdame con la cesta! ¡Cuánto pesa! Oh, Sally ¿es usted? Traigo ciruelas amarillas para mañana. Y en aquella otra cesta hay huevos de codorniz.

El señor Benson dejó que liberara cuerpo y mente, diciéndole a Sally que se ocupara de sus tesoros domésticos, antes de contarle lo sucedido; pero cuando regresó al estudio para referirle las pocas novedades concernientes a su jornada en la granja se quedó aterrorizada.


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