Ruth
Ruth Pero en Leonard advertía progresos. Su más ferviente deseo era que pudiera continuar así, y tener un desarrollo normal y madurar en modo sociable como cualquier muchacho que pasa felizmente de la infancia a la adolescencia, y de allí a la juventud, gozando inconscientemente de cada edad. De momento no había armonía en la personalidad de Leonard; como tantos hombres, estaba lleno de ideas y de conceptos sobre sí mismo, programaba acciones a largo plazo para evitar aquello que temía y que Ruth, aprensiva como era, no le infundía la fuerza necesaria para afrontar. Sin embargo, Leonard estaba recuperando un poco de la ternura que había perdido hacia su madre; cuando estaban a solas, sentía deseos de arrojarse a su cuello y cubrirla de besos, sin que hubiera un motivo aparente para semejante impulso pasional. Si había alguien más presente, su comportamiento era frío y desabrido. El lado más soñador de su carácter consistía en la clara determinación de dictarse sus propias leyes, y en la seriedad que atribuía a la creación de las mismas. Había en él una inclinación a la razón —principalmente con el señor Benson—, sobre grandes cuestiones de ética que la mayor parte del mundo había resuelto mucho tiempo antes. Pero yo no creo que jamás discutiera con la madre del mismo modo. La amorosa paciencia y la humildad de Ruth estaban ganándose su recompensa; la total devoción, hasta el punto de soportar dulcemente la negación de sus propios deseos, el rechazo de sus personales súplicas y el deshonor en el que se encontraba —mientras otros, menos merecedores, tenían un empleo—, todo esto, que inicialmente le había disgustado y casi encolerizado, finalmente había desencadenado su respeto y por tanto, acogía como ley, y con orgullosa humildad, todo lo que su madre decía; así, dulcemente, Ruth lo guiaba hacia Dios. Pero la salud de Leonard no era fuerte; era difícil que lo fuera. Gemía y hablaba en sueños, su apetito era aún inconstante, quizá porque prefería permanecer en casa, recibiendo sus lecciones, antes que salir y hacer ejercicio al aire libre. Pero este último y extraño síntoma estaba desapareciendo gracias a la asidua cortesía del señor Farquhar y al silencioso pero firme deseo de su madre. Después de Ruth, Sally era quizá la persona que ejercía más influencia sobre él; pero Leonard amaba tiernamente al señor y a la señorita Benson, —si bien, sobre esto, era reservado, como con todo lo que no fuera puramente intelectual—. La suya había sido una infancia difícil, y su madre lo sabía. Los niños soportan alegremente cualquier moderado nivel de pobreza y privación, pero Leonard, además de eso, tuvo que soportar también el sentimiento de deshonor que había caído sobre él y sobre el ser que más amaba; fue esto lo que anuló su optimismo y su natural alegría juvenil, como jamás habrían hecho la carencia de alimentos, de vestidos o de otras comodidades.