Ruth
Ruth El señor Wynne, el cirujano de la iglesia, tenía razón. Podía y de hecho consiguió un empleo de enfermera para Ruth. Su casa seguía siendo la de los Benson; cada momento libre se lo dedicaba a Leonard y a ellos; pero estaba a disposición de todos los enfermos de la ciudad. Al principio su trabajo se desarrollaba exclusivamente entre los pobres. Además, siempre al principio, se veía reflejada en muchas situaciones que le afectaban profundamente; se afligía ella misma con el sufrimiento físico de aquellos que estaban bajo su cuidado. Intentó liberarse de esta sensación —o más bien atenuarla— pensando en cada uno de ellos fuera de aquel contexto de deterioro. También desde un primer momento tuvo el suficiente autocontrol como para no mostrar señal alguna de repugnancia. Tanto en sus movimientos como en el contacto con ellos, no se permitía ni prisas ni agitaciones que pudieran herir los sentimientos de aquellas pobres criaturas sin amigos, como suele pasar con las víctimas de cualquier enfermedad. No tenía dificultad en superar todas las obligaciones desagradables y dolorosas legadas a su empleo. Cuando notaba un alivio del dolor gracias a sus atenciones y a su delicadeza así como a una asistencia, cada vez más competente, Ruth pensaba en su papel, no en sí misma. Como había previsto, encontró una utilidad en todas sus habilidades. Los mismos pobres, estaban inconscientemente satisfechos y aliviados de su armonía y elegancia en sus modos, de su voz y de sus gestos. Si tal armonía y elegancia, fueran exclusivamente superficiales, no habrían producido aquel efecto balsámico. Pero éstas, eran las expresiones de un ánimo amable y sincero, modesto y humilde. Gradualmente su reputación como enfermera se difundió incluso en más altas esferas, y muchas personas con posibilidades económicas buscaban sus competentes servicios. Cada vez que le ofrecían una retribución, la aceptaba con sencillez y sin comentarios: sentía que no podía rechazarla; de hecho, se lo debía a los Benson para el mantenimiento de su hijo y el suyo propio. Acudía dondequiera que fueran requeridos sus servicios. Si el pobre albañil —que se había roto las piernas al caer de un andamio—, la llamaba en un momento en el que no estaba ocupada, le asistía y permanecía con él hasta que alguien la sustituía, dejándola disponible para el próximo que necesitara de sus cuidados. De tanto en tanto rechazaba a las personas felices y prósperas en todo, excepto en la salud, para dedicarse a quien era más infeliz y se encontraba más solo. A veces pedía alguna insignificante cantidad de dinero al señor Benson para dárselo a quien lo necesitaba. Pero se asombraba de lo que era capaz de hacer sin disponer siquiera de un penique.