Ruth
Ruth Ruth no se sentía distinta, sino llena de defectos y muy lejana a lo que hubiera deseado ser, como siempre. Sabía mejor que nadie cuántas de sus buenas acciones estaban incompletas o arruinadas por el mal. No se veía diferente de la Ruth pasada que tanto recordaba. Parecía que todo cambiaba excepto ella. El señor y la señorita Benson envejecían, Sally estaba casi sorda, Leonard crecía rápidamente y Jemimah era madre. Además de ella, la única cosa que parecía permanecer igual desde los tiempos de su llegada a Eccleston, eran las lejanas colinas que contemplaba desde la ventana de su dormitorio. Cuando miraba hacia fuera, estando en soledad —que a veces era su reposo más profundo—, veía al vecino que vivía en la casa contigua, salir y tomar el sol en su jardín. Cuando llegó a Eccleston, le veía a menudo, pasear larga y regularmente junto a su hija. Poco a poco, esas caminatas se hicieron más cortas y la hija primorosa le acompañaba hasta casa, para después salir de nuevo. En los últimos años, el vecino salía simplemente al jardín trasero de la casa; al principio caminaba ágil con ayuda de su hija, ahora lo llevaban, lo sentaban en un amplio y acolchado sillón, y permanecía con la cabeza inmóvil sobre el almohadón tal cual se la colocaban, moviéndose con gran fatiga cuando su afectuosa hija, ahora de mediana edad, le enseñaba las primeras rosas del verano. Todo esto le daba a Ruth la sensación del tiempo y de la vida que avanzaba.