Ruth
Ruth —No puede ser. No puedo creerlo. Estoy convencido de que se trata de un error del viejo y estúpido señor Benson.
Pero cuando despidió al empleado y puso a buen recaudo aquel trozo de papel, cerró la puerta, apoyó la cabeza sobre el escritorio y gimió en voz alta.
Las dos últimas tardes se demoró en su despacho; al principio ocupó sus horas en buscar los certificados accionariales de la aseguradora; pero cuando terminó de revisar cada uno de los archivadores, le vino a la mente la idea de que quizá se encontraran en el escritorio personal de Richard; y con la determinación que prescinde de los medios para llegar a un fin, probó todas las llaves en la cerradura, para terminar forzándola con el atizador que encontró más a mano. Ni rastro de los certificados. Richard había sido siempre muy escrupuloso destruyendo documentos peligrosos o reveladores, pero lo poco que había conservado, fue suficiente para que su padre se convenciera de que su hijo modelo, su fuente de orgullo, estaba muy lejos de ser aquello que aparentaba.