Ruth
Ruth —¿No ve usted el cambio? ¡Se encuentra mejor! ¡La crisis ha pasado!
Pero Ruth no hablaba; su mirada estaba atraÃda por los dulces ojos entornados del convaleciente, que se encontraron con los suyos apenas se abrieron lánguidamente. No conseguÃa moverse ni hablar. Se paralizó ante su mirada, en la que pudo atisbar una débil señal de reconocimiento, que poco a poco se fue reforzando.
Él murmuró algunas palabras. Tuvieron que esforzarse para escucharle. Y cuando repitió las mismas palabras, aún con mayor fatiga que en la primera ocasión, lograron entenderle.
—¿Dónde están los nenúfares? ¿Dónde están los nenúfares de su cabellera?
El señor Davis, se apartó un poco con Ruth.
—Aún delira —dijo—, pero ya no tiene fiebre.
El alba grisácea estaba iluminando la cámara con su frÃa luz; ¿acaso era aquel resplandor el que imbuÃa en las mejillas de Ruth su cadavérica palidez? ¿PodÃa quizá provocar la enloquecida súplica de su mirada, como si implorara ayuda contra algún enemigo cruel que la hostigaba, luchando con su EspÃritu vital? Aferró el brazo del señor Davis. Si no lo hubiera hecho, se habrÃa desplomado.
—Lléveme a casa —musitó antes de desvanecerse.