Vida de Charlotte Bronte

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CAPÍTULO I

Una preocupación de otro género ocupaba los pensamientos de las hermanas Brontë en el verano de 1846, mientras sus esperanzas literarias se desvanecían. Su padre tenía cataratas y estaba perdiendo vista. Casi no veía. Podía caminar a tientas e identificaba a las personas que conocía bien si se colocaban delante de una luz fuerte. Pero ya no podía leer; y eso le impedía saciar su avidez de conocimiento e información de todo género. Seguía predicando. Me han contado que le acompañaban hasta el púlpito, y que nunca habían sido sus sermones tan impresionantes como entonces: aquel anciano erguido, canoso y ciego, que miraba sin ver al frente mientras las palabras brotaban de sus labios con la misma fuerza y el mismo vigor que en sus mejores tiempos. También me han explicado un hecho curioso porque demuestra que conservaba una noción del tiempo muy precisa. Sus sermones habían durado siempre media hora. Esto no había constituido nunca un problema cuando veía bien: tenía el reloj delante y facilidad de palabra. Pero nada cambió en esto cuando se quedó casi ciego; terminaba el sermón en el momento exacto en que la aguja del minutero indicaba que habían transcurrido los treinta minutos.


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