Vida de Charlotte Bronte
Vida de Charlotte Bronte Muy señor mío: Los acuses de recibo han llegado sin novedad. Recibí el primero el sábado, en un sobre sin una sola línea, y había decidido tomar el tren el lunes e ir a Londres a ver qué pasaba y qué era lo que había dejado mudo a mi editor. El domingo por la mañana llegó su carta, evitándole así la visita imprevista y no solicitada de Currer Bell a Cornhill. Habría que evitar las demoras inexplicables cuando sea posible, pues suelen llevar a quienes se hallan sujetos a su tormento a dar pasos impulsivos y precipitados. He de darle nuevamente la razón en cuanto al cambio de interés de la tercera parte de unos personajes a otros. No es agradable, y seguramente resulte al lector tan inoportuno como forzado resultó a la escritora en cierto sentido. El tono de la obra indicaba otro curso, mucho más florido y seductor. Había creado un héroe supremo, al que había sido totalmente fiel y lo había hecho sumamente honorable; tendría que haber sido un ídolo, y por supuesto no un ídolo mudo e irresponsable; pero eso no habría correspondido a la realidad y habría estado en desacuerdo con la probabilidad. Mucho me temo, no obstante, que el personaje más débil del libro sea el que me proponía hacer más bello; y, si así fuere, el error radica en que le falta el germen de lo real, en que es puramente imaginario. Me parecía que ese personaje carecía de consistencia; me temo que el lector pensará lo mismo. La unión con él se parece demasiado al destino de Ixión,