Vida de Charlotte Bronte

Vida de Charlotte Bronte

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Entre los humildes amigos que lloraron su muerte había una muchacha del pueblo que había sido seducida poco antes pero que había encontrado una hermana espiritual en Charlotte. Ella le había brindado su apoyo, su consejo, sus palabras alentadoras; se había ocupado de sus necesidades en su momento de apuro. Amargo, muy amargo fue el dolor de aquella pobre joven cuando supo que su amiga había muerto, y profundo sigue siendo su duelo. Una joven ciega, que vivía a más de seis kilómetros de Haworth, amaba a la señora Nicholls tanto que con grandes gritos y súplicas imploró a quienes estaban junto a ella que la guiaran por los caminos y los senderos de los páramos para poder oír las últimas palabras solemnes: «La tierra vuelve a la tierra, las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo, con la esperanza firme de resucitar a la vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor».

Ésos fueron los que lloraron junto a la tumba de Charlotte Brontë.

Tengo poco más que añadir. Si mis lectores creen que no he dicho lo suficiente, he dicho demasiado. Yo no puedo medir ni juzgar un carácter como el suyo. No puedo trazar los defectos y las virtudes ni el territorio en litigio. Alguien que la conoció bien y durante mucho tiempo (la Mary de esta Vida), escribe así de su querida amiga:


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