La Muerta enamorada

La Muerta enamorada

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El obispo, tan esplendoroso hasta ese momento, se apagó inmediatamente, los cirios empalidecieron en sus candelabros de oro, como las estrellas al sobrevenir la mañana, y en toda la iglesia se hizo una tiniebla completa.

La fascinadora criatura se destacaba de aquel escenario de sombra como una revelación divina: parecía que se iluminara por sí sola, y que ella misma fuera una fuente de luz.

Bajé los párpados, decidido a no levantarlos nunca más, para sustraerme a toda sugestión que pudiera provenir del exterior; porque, en realidad, me sentía siempre más desviado y sabía siempre menos lo que debía hacer.

Un minuto después, reabrí los ojos, porque, aun a través de las pestañas, la veía brillar en una penumbra enrojecida, como si estuviera mirando el sol.

¡Oh, cuán bella era! Los más grandes pintores, aun cuando tratan de hacer el retrato de la Virgen, y buscan por eso representar un tipo ideal de belleza, no se acercan ni siquiera lejanamente a aquella fabulosa realidad. Ninguna paleta de pintor, ningún verso de poeta podría dar idea de ella. Yo no sé aún si la llama que la iluminaba procedía del cielo o del infierno, pero, de seguro, llegaba del uno ni del otro.


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