Fuego y Sangre
Fuego y Sangre Torrhen miró al horizonte, donde el rugido de los dragones se hacía eco incluso en la fría tundra. —Seguiremos siendo los Stark, y el Norte seguirá siendo nuestro.
Cuando Torrhen llegó al campamento de Aegon, desenvainó su espada… pero no para luchar. La colocó a los pies del conquistador y dobló la rodilla. Así, Torrhen se convirtió en el Rey que se Arrodilló, y el Norte pasó a formar parte del reino unificado de Poniente.
Aegon había cambiado para siempre el curso de la historia. Pero mientras los reinos caían, una última sombra se alzaba en el sur. Dorne, con sus áridas montañas y su orgullo inquebrantable, se preparaba para resistir. La guerra aún no había terminado, y el rugido de los dragones resonaría por mucho tiempo más.
El sol caía sobre las Montañas Rojas, donde las arenas de Dorne brillaban con un calor abrasador, y los vientos llevaban consigo ecos de guerra. Desde la Torre del Sol, la princesa Meria Martell observaba las tierras de su dominio con una mirada inquebrantable. Aegon había enviado un mensaje claro: Doblad la rodilla o arderéis. Pero los dornenses no eran Harren el Negro ni Argilac el Arrogante. Dorne no se sometería tan fácilmente.
