Fuego y Sangre
Fuego y Sangre Los últimos años del reinado de Aegon el Conquistador estuvieron marcados por un aparente silencio, pero en su núcleo, las fisuras en el reino comenzaban a ensancharse. El Trono de Hierro, construido con las espadas de los enemigos caídos, se erigía como un símbolo de unidad, pero también como un recordatorio de las guerras y traiciones que lo forjaron.
En Rocadragón, Aegon miraba hacia el mar con un rostro endurecido por los años. Sus conquistas habían unido a los Siete Reinos, pero mantenerlos bajo una misma corona resultaba un desafío constante. Visenya, siempre al mando de las sombras, había consolidado el poder de la Guardia Real, asegurándose de que los leales al trono fueran hombres implacables.
—No basta con gobernar —le dijo una noche, mientras los vientos de la isla rugían alrededor de ellos—. Debes inspirar tanto miedo como respeto.
—¿A qué precio? —preguntó Aegon, su voz cargada de un cansancio que no se mostraba en su postura.
Visenya no respondió. En el silencio, la sombra de un conflicto futuro se cernía sobre ellos.
