Fuego y Sangre
Fuego y Sangre La batalla en Bastión de Tormentas fue breve pero brutal. Orys Baratheon, el leal amigo y escudo de Aegon, lideró la carga terrestre mientras Rhaenys surcaba el cielo con Meraxes. Cuando las llamas envolvieron las puertas de la fortaleza, Argilac salió a luchar personalmente. Murió como un rey, espada en mano, pero su derrota selló el destino de su linaje.
Tras la victoria, Orys Baratheon reclamó Bastión de Tormentas y tomó el estandarte de los Durrandon como propio, dando inicio a una nueva casa, leal a los Targaryen.
Con cada batalla, Aegon y sus hermanas se acercaban más a su objetivo. Los siete reinos comenzaron a caer, uno tras otro, bajo el peso de sus dragones y la promesa de un futuro unificado. Desde las ruinas de Harrenhal hasta las puertas de Bastión de Tormentas, el mensaje era claro: El Trono de Fuego no tendría rival.
Las colinas que rodeaban el Ojo de Dioses estaban cubiertas de una niebla espesa, como si el propio aire temiera lo que estaba por suceder. En el centro de todo, Harrenhal se erguía imponente, sus muros ennegrecidos aún humeaban tras el castigo de Balerion. Pero la guerra no había terminado. Al norte, el rey Torrhen Stark, Señor de Invernalia, reunía a sus fuerzas, decidido a enfrentar al conquistador.
