El Profeta
El Profeta Y era ya la noche.
Y Almitra, la profetisa, dijo: Sea bendecido este dÃa y este lugar y tu espÃritu que ha hablado.
Y el respondió, ¿Fui yo el qué habló? ¿No fui también uno de los que escucharon?
Descendió, entonces, las gradas del Templo y todo el pueblo lo siguió. Y él llegó a su barco y se irguió sobre el puente.
Y, mirando de nuevo a la gente, alzó la voz y dijo: Pueblo de Orfalese: el viento me obliga a dejaros. No tengo la prisa del viento, pero debo irme.
Nosotros, los trotamundos, buscando siempre el camino más solitario, no comenzamos un dÃa donde hemos terminado otro y no hay aurora que nos encuentre donde nos dejó el atardecer.
Viajamos aún cuando la tierra duerme.
Somos las semillas de una planta tenaz y es en nuestra madurez y plenitud de corazón que somos dados al viento y esparcidos por doquier.
Breves fueran mis dÃas entre vosotros y aún más breves las palabras que he dicho.
Pero, si mi voz se hace débil en vuestros oÃdos y mi amor se desvanece en vuestra memoria, entonces, volveré.
Y, con un corazón más rico y unos labios más dóciles al espÃritu, hablaré.
