El Gatopardo
El Gatopardo El PrÃncipe Fabrizio viaja a Palermo. La ciudad, como su alma, está dividida: entre la pompa antigua y el estruendo de una Italia nueva que avanza sin piedad. Ha sido invitado a un baile en casa de los Ponteleone, una de las últimas familias aristocráticas que aún conserva el decoro exterior, pero cuya ruina interior se adivina en cada grieta del mármol.
Esa noche, bajo los candelabros resplandecientes y las paredes adornadas con tapices heredados, el tiempo se detiene. El salón se llena de figuras que parecen flotar en otro siglo, moviéndose con la cadencia de una nobleza que ya no existe, pero que aún se obstina en fingirse viva.
El PrÃncipe observa, desde la penumbra de una sala contigua. Siente el peso de su edad, de su linaje y de su lucidez. Angelica, espléndida, entra con Tancredi del brazo. Todos se apartan. Ella es el espectáculo. Él, el futuro. El PrÃncipe los contempla como un dios cansado observa a sus nuevas criaturas.
—Se parece a una reina... pero no de este mundo —le susurra una dama anciana.
—Sà —responde Fabrizio—. Es la reina de un reino que aún no ha sido inventado.
