El Gatopardo
El Gatopardo Los dÃas se acortan. La vida del PrÃncipe Fabrizio también. Ha dejado atrás las obligaciones públicas y los banquetes familiares. Ya no busca imponer autoridad, solo un rincón donde mirar las estrellas. Su obsesión por la astronomÃa crece. La vastedad del universo le ofrece la única compañÃa honesta en un mundo que ya no le pertenece.
—¿Sabe usted lo que somos, padre Pirrone? —pregunta al capellán mientras ajusta su telescopio—. Polvo, apenas polvo iluminado por un rayo que no nos pertenece.
El sacerdote lo mira en silencio. Ya no intenta consolarlo. Fabrizio ha entrado en esa etapa donde la muerte no es un miedo, sino una certeza esperada.
Viaja solo a una posada en la costa, buscando un sitio neutro para morir. Nadie lo acompaña. Solo los murmullos del mar, los recuerdos del pasado y el zumbido lejano de una Italia que se reinventa sin pedirle permiso. El dolor fÃsico lo lacera, pero es el alma la que se resquebraja.
En sueños, ve a Tancredi, a Angelica, a sus hijos. Todos se alejan por caminos que él ya no puede seguir. Escucha los ecos de su juventud: los pasos firmes en los salones, las cacerÃas, las carcajadas en los almuerzos eternos. Todo eso ahora parece una farsa brillante, un teatro cerrado.
