El Gatopardo
El Gatopardo El nuevo siglo avanza afuera, indiferente. La historia continúa, pero no las incluye. Angelica y Tancredi viven en Palermo, rodeados de poder y respeto. Han sabido insertarse en el sistema, moldear la modernidad a su favor. Pero tampoco son felices. Tancredi, pragmático, ya no cree en nada. Angelica, más sabia, entiende que la belleza sirve mientras se consume. Y luego, se vuelve sombra.
—¿Te acuerdas de Donnafugata? —le pregunta ella una noche, en una cena silenciosa.
—A veces. Pero ya no sueño con ella.
La distancia entre las generaciones se vuelve abismo. Las hijas del PrÃncipe se convierten en estatuas vivas. No sufren, no esperan, solo conservan. Son las últimas custodias de un tesoro que ya nadie quiere.
Y en ese encierro sagrado, el pasado se pudre lentamente. Sin llanto. Sin gloria. Solo con una obstinación patética.
La casa Salina agoniza, no con violencia, sino con una lentitud insoportable. Concetta, ya anciana, vive sola con el recuerdo de un apellido que alguna vez infundió respeto. Sus hermanas han muerto. El mundo ha cambiado por completo. Las voces que antes susurraban entre cortinas y alfombras han sido reemplazadas por bocinas, fábricas y ministros. Pero dentro de los muros de Donnafugata, el tiempo sigue detenido.
