El Gatopardo
El Gatopardo Sin embargo, se niega a formar parte activa del nuevo régimen. Rechaza el ofrecimiento de un cargo polÃtico que le hace un enviado de la corte. Es un gesto de dignidad, pero también de derrota. Don Fabrizio ya no quiere salvar nada. Solo desea mirar el derrumbe con la serenidad del que ha hecho las paces con el fin.
Y asÃ, entre fiestas, pactos velados y silencios cargados, la aristocracia siciliana entrega su lugar sin dar batalla. No por miedo, sino por fatiga.
La historia avanza. Y el PrÃncipe, como un viejo astro, sigue brillando... pero solo porque está a punto de apagarse.
El compromiso entre Tancredi y Angelica se formaliza, sellando una alianza que el PrÃncipe no solo aprueba, sino que propicia. La nobleza y la burguesÃa, viejos enemigos, ahora se mezclan como dos rÃos condenados a desembocar en el mismo mar. Angelica, con su belleza incandescente y su intuición casi salvaje, desarma cualquier prejuicio. Su entrada en la casa Salina es la de una emperatriz de otro mundo, un cometa que ilumina los salones empolvados.
—¡Qué esplendor! —susurra Don Fabrizio al verla, entre fascinado y turbado—. Una criatura asà no puede venir de Sedà ra... viene del porvenir.
