Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther No soy el único que se siente así. Todas las personas ven sus esperanzas decepcionadas, se les engaña en sus expectativas. Visité a mi buena mujer bajo el tilo. El mayor de los niños corrió hacia mí, su grito de alegría atrajo a la madre, que parecía muy abatida. Sus primeras palabras fueron: «¡Señor, se me ha muerto mi Hans!». Era el más joven de sus hijos. Yo me quedé callado. «Y mi marido —continuó— ha regresado de Suiza y no ha traído nada, y de no ser por algunas buenas personas se hubiera visto obligado a mendigar para regresar; cogió las fiebres cuando se dirigía allí». No pude decir nada y le regalé algo al pequeño; ella me pidió que aceptara algunas manzanas, lo hice, y abandoné ese lugar de triste recuerdo.
21 de agosto
En un abrir y cerrar de ojos cambia mi situación. A veces una mirada alegre de la vida despierta una nueva luz, pero, ¡ay!, ¡sólo durante un instante! Cuando me pierdo en sueños no puedo evitar pensar qué sucedería si Albert muriera. Serías… ¡Sí, ella sería…! y entonces persigo esta locura mental hasta que me conduce al abismo ante el cual vuelvo en mí con un estremecimiento.