📕 Almas muertas (Gogol, p. 126) - PlanetaLibro.net

Almas muertas

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CAPÍTULO IV

Nada más llegar a la posada, Chichikov ordenó detener el coche por dos motivos: para que los caballos descansaran un poco, y para tomar él mismo una copa y un bocado.

El autor ha de confesar la gran envidia que siente hacia el estómago y el apetito de esta clase de gentes. Para ellos no representan absolutamente nada todos esos señores de San Petersburgo y de Moscú que se dan la gran vida, pasan las horas pensando en lo que van a comer al día siguiente y en el menú que tendrán pasado mañana, y que antes de dar principio a la comida toman forzosamente una píldora; que se alimentan de ostras, cangrejos de mar y otras maravillas por el estilo y que después se marchan a Karlsbad o al Cáucaso a hacer una cura de aguas.

No, a estos señores jamás les envidio. Pero los señores de medio pelo, que en una estación de postas piden que les sirvan jamón, en la próxima lechón asado, en la tercera una loncha de esturión o cualquier clase de embutido, adobado con cebolla, y después, como si nada, se sientan a la mesa a la hora que sea y para comenzar comen una sopa de pescado junto con bollitos rellenos con tanto primor que sólo con verlos basta para despertar el apetito a cualquiera; esos señores, digo, esos señores sí que gozan de un envidiable don de los cielos.


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